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¿Por qué Emigrar de un país?

Emigrar de un país no es cosa fácil. Alguien alguna vez escribió: “Éste es el primer día del resto de mi vida” recordé esta frase porque, en este momento, me pasa lo mismo […]

Emigrar de un país no es cosa fácil. Alguien alguna vez escribió: “Éste es el primer día del resto de mi vida” recordé esta frase porque en este momento me pasa lo mismo. Hoy 6 de octubre de 2014 comienza esta nueva parte del libro llamado vida que he escrito letra a letra, que me encanta vivir y escribir. La vida está llena de detalles minuciosos, e intentar recopilarlos en unas cuantas palabras es ofensivo para la literatura, por eso escribiré en estos párrafos cortos para dejar evidencia de que algún día viví.

Entonces, ¿Por qué emigrar de tu país?

En noviembre del año pasado comenzó lo que podríamos llamar: Emigrar, un asunto de valientes. Yo tenía un trabajo estable en Venezuela, manejaba el sistema productivo en una fábrica de compuestos para paredes y materiales de construcción, tenía un horario cómodo y más de diez personas a mi cargo, era jefe, tenía una linda oficina y un buen escritorio; tenía muchas cosas que cualquier venezolano profesional en el país, lucharía por tener.

En mi contrato se había establecido que me aumentarían el sueldo dos veces al año, una vez en mayo (como todos los aumentos normales en el país) y otra en noviembre, esto se cumplió los dos primeros años de trabajo en esta empresa, pero el tercer año no fue así. Pasó el mes de noviembre y no había señales ni indicios de que me fueran a aumentar el salario, entonces a principios de diciembre decidí hablar con mi jefe:

―Mira chamo (porque así nos tratábamos), ya es diciembre y no me han dicho nada de sueldo, supongo que lo van a aumentar en enero con retroactivo desde noviembre, ¿no? Le pregunté.
―No chamo, no tengo respuesta de los jefes aun, no quieren lanzar un aumento por la situación del país, la empresa no está vendiendo ni la mitad de lo que vendía el año pasado, y quieren esperar un poco más a ver qué pasa, (si algo mejora) me responde.

Bastó esa respuesta de tres líneas para que en mi mente terminara de estallar la idea de irme del país, idea que venía cocinándose a fuego lento desde hacía ya unos meses atrás. Recuerdo cuando un año antes de este hecho, yo discutía con una amiga acerca de lo poco patriota que me parecía la idea de irse del país, y lo recuerdo, porque luego yo era quien buscaba las razones para estructurar una buena justificación sobre el hecho de emigrar.

Y las encontré: La situación del país empeoraba a un ritmo tan acelerado, que no éramos capaces de darnos cuenta de la paliza que el gobierno nos estaba metiendo con sus decisiones cada vez más improvisadas.

En nivel de inflación incrementaba cada mes puntos porcentuales que para un país desarrollado, son inimaginables, la escasez no era un juego, encontrar comida ya no era un pendiente más como lo ven en el exterior, sino más bien, una carrera por conseguir algo antes de que todo se acabara, la inseguridad se podría resumir en que tu vida podría valer tan solo, un celular de 400 dólares.

Conocía desde hace mucho una amiga en México (hoy mi Esposa) Carla, una hermosa Mexicana con la que conversaba en algunas ocasiones. Ella estaba al tanto de la situación del país y de mi situación, me apoyó y animó a tomar la decisión de emigrar a aquel país del que solo conocía el mariachi, los aztecas y a Frida Kahlo.

Sentí temor, como cualquiera lo sentiría al dejar todo lo que conocía por abalanzarse ante una sociedad y un sistema del que no se tenía idea. Pero luego de ese miedo siempre venían las perpetuas ganas de querer ser alguien en la vida y arriesgar todo lo que se tenía por eso. Recuerdo una conferencia de un amigo en la que decía que los humanos estamos acostumbrados a no salir de nuestra zona de confort por miedo, miedo a lo desconocido, pero que una vez salíamos de ella, generábamos la única posibilidad real de tener éxito.

Yo decidí. No me importo mi zona de confort e implanté en mi mente la idea sería de emigrar del país, tanto así, que pensaba en esto mientras estaba despierto, a cada hora, e incluso, mientras estaba dormido, también.

La decisión.

Ya en las vacaciones de diciembre, en vísperas de navidad, estando con mi familia, conversé con unos tíos que tenían más de un año de haberse ido a vivir en México. Les expliqué mi situación en Venezuela y mis deseos de emigrar a ese país buscando su apoyo; ellos, como siempre, alma de luz incondicional, apoyaron totalmente mi decisión.

Ese fue el punto de inflexión en la historia, a partir de allí, y hasta el momento en el que me fui del país, todas mis acciones estuvieron enfocadas en poder lograr ese objetivo. Luego lo conversé con mis familiares y amigos más cercanos, de los cuales recibí el más enérgico apoyo.

Me parece sorprendente como la vida de alguien puede cambiar por una simple decisión, por el solo hecho de que no te suban diez o veinte dólares el salario al mes, porque no puedas conseguir leche para preparar tu café favorito en la mañana… o porque no te digan, por favor, ni gracias cuando interactúan contigo.

Todo el mundo está consciente (a su manera) de la situación que pasa Venezuela desde que hace unos años, pero a muchos parece no importarle, se quejan, hablan, comentan, pero siguen ensuciando las calles, siguen coleándose en las filas para cualquier cosa, siguen insultando al otro ciudadano solo porque este camina o maneja más lento, siguen pagando los precios descarados que los comerciantes les da la gana de poner, siguen inventándose cualquier excusa para faltar al trabajo solo porque si, siguen sin aprender y menos enseñar a respetar el derecho ajeno.

Esto me recuerda una frase que ahora retumba en mis oídos de forma diaria en el lugar donde vivo: “El respeto al derecho ajeno, es la paz” la dijo Benito Juárez, primer presidente indígena de México, y uno de los más influyentes en la política de reformas de la historia Mexicana.

Esta fue apenas la primera parte de la ausencia, los meses posteriores pasaron cosas increíbles, que les relataré en la siguiente parte.

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¿Que extrañamos cuando emigramos?

Todo proceso de separación, de uno con su país, es fuertemente emotivo. Siempre pensaba en todo lo que iba a extrañar de Venezuela: mi familia, mi madre y mis hermanos, mis amigos y la comida; esas ricas arepas y empanadas con guisos espectaculares, las cachapas con queso de mano, el pabellón criollo, el pasticho de mi mamá y las arepas de harina de trigo. Las mujeres, hermosas y despampanantes mujeres Venezolanas que te roban esas miradas mientras vas caminando por la calle, por lo sexy que son, por lo únicas que son, el clima y su gente…

Esto fue lo que empecé a sentir en enero del año presente. Cuando llegue de mis vacaciones en Mérida, después de haber pasado lindos momentos con mi familia y amigos, de haberme unido tanto a lo bonito de Venezuela, la sensación de vacío se empezó a sentir; pero al mismo tiempo generó otra sensación, que era una mezcla de entre emoción y miedo.

La planificación.

Empecé a planificar todo el hecho que agrupaba mi partida para siempre de Venezuela: buscar información sobre los tramites que debía hacer con todos mis papeles para que tuvieran validez en el exterior, pensar como le iba a decir a mi jefe que iba a renunciar unos meses después, planificar la venta de las pocas cosas que había adquirido, pasar por el proceso de compra del pasaje (lo cual me tenía muy angustiado), en fin, dejar todo listo para salir limpio de mi país; quería comenzar bien, y para comenzar bien un capítulo de tu vida, tienes que cerrar bien el otro.

Las últimas semanas de enero, para empezar a hacer todos estos trámites, evidentemente comencé a faltar al trabajo. No podría ocultarle a mi jefe durante muchos meses que iba a irme en algún momento teniendo todas estas faltas, y decidí hablar con él. Mi jefe fue una persona que me enseño mucho acerca de los valores que tenemos como personas ligadas al trabajo, se sintió orgulloso de que yo tomará esa decisión, y más, que le avisará con meses de anticipación, de modo que, pudiera buscar tranquilamente la persona que me sucedería en el cargo.

Dejamos a un lado nuestras costumbres.

Mientras todo esto ocurría, mi tiempo para escribir se vio reducido y empecé a disminuir la frecuencia con la que lo hacía. Teniendo este trabajo poseía una libertad que me encantaba: poder escribir y usar las redes sociales con total libertad, de modo que, como ustedes sabrán, publicaba frases y contenido en mis redes casi de forma diaria y eso me mantenía contento.

«Así comenzó esta ausencia desmesurada que intentaba justificar con algunos párrafos inverosímiles y un poco pobres que publicaba para mis lectores.»

“En realidad no tenía ganas de escribir, sentía miedo, emoción y odio a la vez por todo lo que pasaba en mi país, si escribía, solo iba a decir babosadas que no le iban a interesar a nadie, era escribir más de lo mismo, pura mierda política.”

Me olvide por un momento de la escritura y de mis redes sociales, y seguí. Pasando las semanas iba a avanzando lentamente con todos estos objetivos. Todo fue engranándose como las piezas perfectamente sincronizadas de un reloj suizo. Unos amores iban durmiendo y otros despertando, mi corazón intentaba mantenerse neural ante cualquier emoción, de cualquier cosa, intentaba mantenerse a la expectativa de lo que podría pasar, y con dificultad lo lograba.

Recuerdo, una madrugada a eso de las cuatro de la mañana, cuando iba manejando en mi moto por la cota mil rumbo al registro principal de Caracas (a 110 kilómetros por hora), como transcurría mi vida de una forma tan efímera. La velocidad a la que iba disminuyó en mi mente, pensaba en lo que yo era, en lo que había sido y en lo que me convertiría; mire a la izquierda, pude ver la ciudad que me había hecho crecer durante tres años y supe que la iba a extrañar; no por la ciudad que era, sino por el momento… por ese momento donde todo casi se paralizó, y recordé todo lo que había vivido en ella. Me estremecí… regrese a los 110 kilómetros por hora, al frio, y al amanecer acariciando lentamente la noche para que se fuera.

Los problemas y sus soluciones.

Era imposible conseguir boletos de avión en bolívares, el gobierno tenía una deuda multimillonaria con las aerolíneas, que a su vez, empezaron a bajar sus ofertas comerciales en el país (y a cerrar sus oficinas para empeorar la situación), lo cual hacia casi imposible conseguir un pasaje.

Mi tía consiguió a alguien que podría tener una oferta de vuelo, recibí su correo a las seis de la mañana donde me indicaba que debía pagar el pasaje antes de las tres de la tarde ese mismo día para poder reservar el vuelo Caracas – México D.F. – Caracas, me levanté de un salto y empecé a arreglarme para ir al trabajo. Apenas llegué, encendí la computadora e hice el pago.

¡Estaba sumamente emocionado y feliz!

Ya era real. El itinerario marcaba como fecha de partida el 27 de abril del 2014, esa era mi fecha del supuesto cambio. Fui constante, perseverante e inteligente, logré agilizar mis trámites con rapidez. En cada Ministerio era una fila descabellada de gente haciendo lo mismo que yo. En cada Ministerio era una nueva amistad temporal con el que estaba delante o detrás, esperando igual que yo, su turno.

Era necesario hacer esta amistad por dos razones:

1.- Para no morir de sueño mientras esperabas

2.- Para conocer el porqué del otro que también quería emigrar: los “por qué” resultaron ser siempre los mismos y las razones también.

La familia, de lo que más duele cuando nos vamos.

En semana santa, antes de la partida, viajé de nuevo a Mérida a Tovar mi pueblo natal para pasar toda esa semana junto a mi familia. Disfruté todo lo que pude de mis hermanos mis sobrinos y mi madre, además con mis amigos de toda la vida. De vuelta a Caracas, empecé a ir casi a diario a la ciudad para poder terminar mi papeleo a tiempo.

La última semana en el país estuvo llena de emociones encontradas. Sentía que ya los extrañaba a todos. Es esa sensación que tiene todo el mundo por las personas que quiere, que fueron parte de su vida y quizá lo serán siempre. Además la sensación de miedo y emoción que me aplastaba cada día y no me dejaba dormir cada noche. Todo nuevo, algo diferente, nueva vida, nuevo ambiente, nuevo amor, todo estallaba en mi miente como el choque de los átomos al fusionarse. Sentía que quería explotar.

La partida.

El despertador sonó a las 3:15 am… El taxi rumbo al Aeropuerto Internacional Simón Bolívar llegaba en quince minutos. Me desperté, mi ritmo cardíaco acelero tanto que perdí el frío y el miedo, estaba poseído por un pseudo-automatismo, no sentía nada, no pensaba nada, solo me movía rápidamente. Miraba aquí y allá, bajaba las escaleras, decía adiós, metía mis maletas en el taxi, veía por última vez las luces de la madrugada de Caracas y las nubes con tonos celeste-anaranjados de fondo, luego medio oscuridad, luego inconsciencia.

Desperté casi llegando a Panamá. Había logrado emigrar, o al menos eso era lo que pensaba, sin darme cuenta que apenas me había lanzado y aun me faltaba todo el camino por recorrer.

Emigrar de un país no es cosa fácil señores, hoy, poco más de 3 años después de aquellos acontecimientos debo decir que es una de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida, y que quien quiera salir de Venezuela, debe saber que dolerá. Si quieres saber mas sobre mi puedes vero aquí: Jefferson Maldonado

 

 

Por Jefferson Maldonado

Pensador Empedernido. Le gusta escribir sobre temas de la vida y del amor. Cosas que le han sucedido, que no, y le encantaría sucedieran. Esta es su parte no profesional (Solo pondrás ver lo que Jefferson realmente es aquí).

2 respuestas a «¿Por qué Emigrar de un país?»

¡Muchas gracias por compartir tu historia Jefferson!, justo en este instante (Julio 2018), estoy, al parecer, en tu situación de aquel momento, coincidiendo el país destino. Debo decirte que tus palabras y tu redacción me conmovieron a un punto tal que al leer: «La familia, de lo que más duele cuando nos vamos.» tuve que cerrar mis ojos y esperar que salieran las lágrimas que tenían que salir, es fuerte según veo, aún no lo he vivido.

Otra de las cosas en las que coincidimos es en nuestro origen, si bien, no soy de Mérida, soy también del interior del país (Anzoátegui) y me vine a Caracas con 20 años (ahora tengo 22) a cumplir mis sueños, tengo mucho que agradecerle como dices, a «las circunstancias», esta ha sido la etapa mas hermosa de mi vida hasta el momento. Saludos!

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